martes, septiembre 01, 2009

La "decromacia" de Hipócrito

Por: Antonio Mora Vélez

Alguna vez leí que las naciones sometidas al colonialismo no solo hacían una lucha política y militar contra las metrópolis colonialistas sino que rechazaban también con el lenguaje toda la carga ideológica de los conceptos introducidos por los colonizadores en la cultura de sus pueblos. En el lenguaje se libraba también la lucha entre el opresor y el oprimido. En la poesía africana, por ejemplo, hay toda una muestra de poemas que señalan la rebeldía de los pueblos de sus autores frente a los colonialistas belgas, franceses y holandeses.

Por lo anterior, celebro y gozo la telenovela cómica "Los Reyes" que transmite RCN por la noche; porque, aparte de la presencia en la pantalla chica por primera vez de un travestí –que resultó, además, un buen actor– y del humor de muchos de sus personajes, en el lenguaje atravesado de Edilberto Reyes –la figura central de la historia—, y quien no pierde oportunidad de mostrar sus aparentes disparates lingüísticos para satisfacción del hombre del común y mortificación de los eruditos del idioma, en ese lenguaje atravesado de "Beto" Reyes, repito, hay una profunda carga crítica contra la sociedad de la mentira.

En contra de lo que todos pueden suponer, lo de "Beto" no es una inocente distorsión del vocablo conocido, producto de su incultura, sino la creación de otro lenguaje, un metalenguaje con denotaciones diferentes y gran aceptación de quienes se ven en él representados. Para Edilberto Reyes, la "decromacia" no es la democracia sino el arte de servirse del pueblo en lugar de servirle. Del mismo modo que la clase "digerente" no es la que dirige sino la que se digiere las riquezas del país amasadas por los trabajadores. Y tal parece que "Hipócrito" –supuesto pensador a quien "Beto" cita con frases elementales de su cosecha– no es ningún personaje de la historia conocida o la mezcla de Hipócrates –el padre de la medicina— y Demócrito, uno de los creadores de la teoría atomista griega, sino el símbolo de los políticos y empresarios hipócritas que mienten y esconden sus verdaderas intenciones ante el pueblo para seguir explotándolo y dominándolo.

La telenovela, independiente de la intención del actor y del libretista, encierra con el lenguaje de Edilberto un planteamiento crítico a la sociedad que no ve con buenos ojos que un pobre llegue a ser presidente de una compañía, o de la República, o alcalde o gobernador. O que lo ve solo como un chiste de telenovela sin ningún fundamento o posibilidad reales. Por estas razones me gusta la telenovela "Los Reyes", aparte de que ella nos ayuda a escapar, momentáneamente, del infierno de violencia y corrupción que es Colombia. Y a pensar que es posible invertir la torta, como dice una canción chilena, y que los pobres de hoy puedan llegar a ser los dirigentes de mañana.

viernes, diciembre 31, 1999

BIOGRAFÍA


HIPÓCRITO SANTACRUZ W.
(1845 – 1928)

Nace en la ciudad de Ambato (Ecuador), en el ceno de una familia acomodada y profundamente religiosa. Su padre, Armando Santacruz De La Torre, de profesión médico, y su madre, Ernestina Wallenberg Ribadeneira; por razones de índole ideológica, lo instruyen en su propia casa, sin llegar a recibir nunca educación formal.
Viaja en su juventud por Panamá, Colombia, Venezuela, Argentina, Cuba, Chile, Perú y Bolivia, llegando a conocer profundamente la realidad de América Latina. Más tarde emprenderá un largo peregrinaje por Europa y Oceanía.
Su obra fue sumamente vasta, lastimosamente la mayoría de esa producción se perdió con el paso del tiempo, debido a las múltiples persecuciones, censuras y difamaciones a las que Santacruz y su pensamiento fueron sometidos.
Sin embargo, se han conservado en su totalidad las siguientes obras:

- Manual de Conducción para Carretas de Dos Ejes
- Metafísica de la Discordia
- Tratado General de Ética Agraria
- Manual del Buen Vestir en Días de Lluvia

Tras sufrir múltiples vicisitudes a lo largo de su vida debido a la radicalidad de su pensamiento, y al recibimiento que este tuvo en el caldeado ambiente político, religioso y cultural de su época; muere autoexiliado en la Finca “La Candelaria”, en el Recinto Zapallo Grande, Provincia de Esmeraldas, a los ochenta y tres años de edad.

BREVE RESEÑA


HIPÓCRITO SANTACRUZ W.

Sobre la Ficción y los Argumentos de Autoridad


Por: Sebastián Sacoto Arias S.

Hace no mucho tuve la fortuna –y he de reconocer la participación de la casualidad en ello– de encontrar un volumen de la Metafísica de la Discordia, del pensador ambateño Hipócrito Santacruz Wallenberg, cuya obra –tan solo llegaría a comprender posteriormente– constituye uno de los puntos más altos dentro del desarrollo de la Filosofía de nuestro país.
Y es que la obra de éste filósofo ambateño compromete: hay que amarla u odiarla, ante ella no hay más que tomar posición a favor o en contra; su pensamiento se lo debe asumir para participar de él, o negarlo y combatirlo buscando su aniquilación.
Santacruz arremete contra el lector, lo empuja, no intenta inducirlo, lo obliga a cerrar tras de sí los senderos de lo cotidiano mientras lo provoca punzantemente con el poder de lo posible, con el poder de lo que puede llegar a ser. Tanto sus virtudes creativas, fuera de todo compromiso, como por su irreverente capacidad de crítica, dura como un golpe de mazo en la cabeza, pueden abrirnos el entendimiento a la fuerza, sentencia tras sentencia.
He ahí su mayor valor, Hipócrito Santacruz rompe la dinámica a la que nos sometemos los lectores cuando nos enfrentamos con un texto, aplasta con dedicación y maestría cada una de nuestras expectativas y convicciones, sin necesidad de optar por la simple trasgresión, sino utilizando la suprema audacia del creador, del apostador. Allana nuestras seguridades intercambiando los papeles, recargando sobre el lector la responsabilidad de construir el texto; talento éste que si es digno de elogio en el plano de la literatura, con mayor razón lo será dentro del árido campo del (coherente, metódico y ordenado) discurso filosófico.
Entonces, válgame ahora acometer la empresa de esbozar levemente la silueta del filósofo a través de unos cuantos datos históricos y dos sentencias que son, a mi parecer, sumamente decidoras de su pensamiento.
Debemos comenzar aceptando, si hemos de ser sinceros, que Santacruz no fue un hombre de mucha notoriedad en su época, sin embargo las pasiones que su obra generó no fueron pocas. De allí el que, siendo censurado y perseguido tanto por conservadores como por liberales (por las probables repercusiones políticas de su pensamiento), y rechazado por el círculo intelectual de la iglesia (a la que también sometió a duras críticas), no hubo dificultades para que su obra fuese prácticamente eliminada, borrada; y de no ser por unos cuantos ejemplares que sobrevivieron en bibliotecas particulares (de unas también pocas amistades), no tendríamos noticia alguna de él. Es posible que justamente al constatar y prever esto Santacruz sentenciase: “La incomprensión habrá de dejarnos siempre un sabor un tanto dulce en la boca, pues no hace más que repetirnos una y otra vez que somos únicos.”[1]
Sin embargo, las motivaciones del filósofo ambateño nunca estuvieron fuera de lo que él consideró simplemente su deber, y esta suerte de fatalismo fue siempre la fortaleza de su pensamiento, aquella que lo hizo tomar la defensa de su espacio de expresión como la vocación de su vida, dedicándose a la elaboración, edición y continua reedición de una enorme cantidad de obras de las cuales, lastimosamente, la mayoría se han perdido; siempre destinando gran parte de aquellos volúmenes (como un delicado presente) a quienes habían sido o eran sus censores y perseguidores. Llegando incluso, tras haber sobrevivido a algunos de ellos, a mantener entrañable relación con sus familias; y gracias a cuyos volúmenes únicos ahora tenemos la posibilidad de recuperar a este espléndido pensador.
Santacruz afirmó: “El odio debe ser absoluto pero íntimo, solo así respetaremos su naturaleza y lo conduciremos hacia su finalidad: su perfecta ejecución.”[2] Y esta sentencia es lícita ya que su labor (ese odio noble y sincero) le permitió, como prueba irrefutable, que aquella obra menospreciada perdurase en el tiempo más allá de todas las condiciones desfavorables en las que se engendró, logrando que su autor trascendiese a toda su generación y así llegase a configurar la historia desde adelante hacia atrás, a su capricho. Así, Santacruz logró obsequiándonos a nosotros, tras el esfuerzo, esta pequeña pero fortísima verdad, la de saber que a veces el pensamiento y la voluntad pueden más que el poder y sus circunstancias.

[1] Hipócrito Santacruz W., Metafísica de la Discordia, Ambato, s. e., s. f., pág. 7.
[2] Ibid., pág. 14.

ÉTICA DEL ODIO


EL ODIO COMO INVITACIÓN AMISTOSA

Por: Mateo Martínez Abarca.

Cuando accedí por primera vez a los textos de Hipócrito Santacruz W., pude comprobar con bastante agrado, pero al mismo tiempo con cierta desesperación, que en estas tierras siempre existió el intento individual -a veces imposible por la naturaleza de nuestra sociedad- de alcanzar la lucidez. Eran tiempos en que este país aún era país: con sus revoluciones gloriosas, sus masacres del 22, sus dictadores vende banderas, sus marcianos que invadían Quito a través de la radio y tramas bastante divertidas y complejas, de las que ya no disponemos en nuestros días. En este contexto, propicio para la genialidad, surgieron hombres destacados que se atrevieron a pensar: Palacio, Carrión, los Decapitados, Peralta, que han pasado a una historia nacional que esta condenada a olvidarse. Por supuesto, por injusticia o perversión, quedan algunos excluidos en los anales del recuerdo, y este es el caso de Hipócrito Santacruz W. Nacido en una ciudad de letras, como siempre ha sido Ambato, fue una personalidad de gran notoriedad para su época, lo que nos invita a preguntarnos, ¿cómo es posible que no sea recordado ni reconocido en nuestros días? Según los escasísimos datos que poseemos sobre su biografía, y las prácticamente nulas reseñas sobre sus trabajos, podemos dilucidar, sin temor a equivocarnos, que este ilustre pensador ambateño fue borrado de la faz de la tierra deliberadamente. Y es que el pensamiento Santacruciano fue siempre incendiario -tanto para su época como para todas las épocas-, lo cual le granjeo el desafecto de numerosas personas del "establishment" intelectual de su tiempo, y el silencio de muchas otras que, a pesar de comprenderlo levemente, nunca tomaron partido.
Es notorio, por ejemplo, el incidente casi desconocido sobre la plaza de Pelileo, la cual había sido devastada por el famoso terremoto de Ambato -la historia no escatima datos sobre este suceso-. Santacruz, en una de sus muchas peregrinaciones casi absurdas al santuario de Baños de Agua Santa (absurdas en el sentido de que era un ateo declarado), se paro encima del campanario de la hundida iglesia de Pelileo y comenzó a declamar algunos de sus aforismos sin previo aviso. Este carácter intempestivo del pensamiento, que sobreviene al individuo como una revelación, como un rayo fulminante, nos hace suponer que Santacruz, como muchos otros profetas-filósofos, era invadido por experiencias que iban de la pasividad absoluta, casi ataraxica, hasta el éxtasis paroxista. El pensamiento es casi una posesión satánica, es por ello que Adán muerde la manzana del árbol de la ciencia por influjos del diablo. E Hipócrito Santacruz había, definitivamente, mordido la suya, quizás en un paraíso ahora perdido.
Sobre el discurso que enunció nada sabemos salvo un fragmento recogido en una carta que el obispo de Ambato envió a la oficina de cierto cardenal De La Torre, en la ciudad de Quito, en la cual se narra lo siguiente: "Sobre las palabras malditas que el impío señor Santacruz dirigió a la audiencia de indios, prefiero no referirme, su Excelencia, dado que mi corazón estalla en cólera frente a los arrebatos de ese anarquista, de este ateo hereje que ha pisoteado nuestras sagradas escrituras y las palabras de NSJ." Y continua: "Refiérole tan solo una sentencia, grave por cierto contra toda moral, que explícitamente refirió este pagano depravado: Les invito, conciudadanos, a odiar. Odien sin razón a su prójimo, al mundo, al universo. El amor envilece, pues impide que la voluntad soberana de la humanidad se realice sobre la tierra. Odien y conviértanse en pastores del mal, ya que el mal es instinto puro, corroe la razón y afirma la vida, que es por sobre todas las cosas libertad."
A continuación, en dicha carta, el obispo de Ambato pide a su Excelencia el cardenal, príncipe de la santa madre Iglesia, que se tomen las acciones debidas para aprender al pensador y ceñirle grilletes, ya que "ni siquiera la excomunión sería castigo suficiente, sino el hacer que comprendiese de antemano el significado del mismísimo Infierno." Algunos sobrevivientes que atestiguaron el hecho -pero que no recuerdan el nombre de Santacruz- relatan como la multitud correteó al filósofo por todo el camino de cañaverales que va hasta el río Patate, con la intención explícita de apedrearle, y azuzados por el obispo, so pena de condenación.
Se especula -dado que no existen datos concretos sobre estos hechos- que a raíz de estos eventos Santacruz logró escapar y se dirigió por varios meses a la amazonía ecuatoriana. La ciudad del Puyo, fundada por misioneros Dominicos, definitivamente no fue el mejor lugar para esconderse, así que, sin otra alternativa, debió internarse en la selva para terminar encontrando refugio en una comunidad indígena, que, a pesar de sus distancias con nuestro mundo "civilizado", logro comprender, o al menos tolerar, al pensador.
Debido a estos antecedentes, parece imperiosa la necesidad de realizar un trabajo de arqueología espiritual de esta singular y compleja vida, una reconstrucción que nos permita otorgarle sentido al olvido al que este ilustrísimo ecuatoriano ha sido condenado; a pesar de que, como el mismo Santacruz afirmase, "todo aquello que ha sido olvidado permite que continuamente sigan surgiendo nuevas verdades".
Hipócrito Santacruz W., a través de cada uno de los vestigios de su pensamiento, nos invita a una ética del odio, una especie de hospitalidad de la tirria. Nos invita a abrir nuestro corazón con profundidad, amistosamente, al otro, solo para odiarlo. Dado que en el amor proyectamos y "cristalizamos", como refería Stendhal, nuestras propias subjetividades, armando todo un constructo ilusorio sobre el otro. Santacruz lo afirma con violencia a través del desprecio, condición suficiente para dejarlo ser en su totalidad, ya que el odio reconoce al otro no como objeto sino como presencia, hermanando, poniendo cara a cara al humano o humana que tengamos en frente; disolviendo cualquier distancia. El verdadero odio que se cuece en nuestro interior no puede exteriorizarse, ya que perdería su profundidad y correría el riesgo de extinguirse al perder su objeto, su sentido. Por ende, odiar no es nada más que desear con todas las fuerzas la destrucción del otro sin transgredir el límite, sublimando nuestro deseo. Así, Santacruz construye una ética mono axiomática, un solo principio regidor que no necesita mayor explicación o sentido, y que es imperecedero. El amor se convierte en una tiranía mientras que el odio es un ejercicio absoluto de una libertad imposible. Si, como afirmaba Schopenhauer, "uno no puede querer lo que quiere", en el caso de Santacruz, el odio es una elección virulenta, sublime, terrible, por encima de las determinaciones que nos atan y obligan. ¿Acaso el odio es la única elección humana posible? Podemos también elegir la muerte, pero nadie es lo suficientemente consciente para eso. Santacruz, eligió la suerte de los desterrados de toda tierra -quizás por eso anduvo errabundo por cada rincón de nuestra patria- la de morir en vida, frente a los ojos de todos, con la frente en alto, mirando el sol y esperando, con una confianza que produce temor y admiración, el día en que sus palabras y su vida resuciten, tal como Lázaro de entre los muertos, gracias y más allá del odio.

jueves, diciembre 30, 1999

EL PROBLEMA DE LA FICCIÓN...



      ¿Por qué nos inquieta que don Quijote sea lector del Quijote y Hamlet espectador de Hamlet? Creo haber dado con la causa: tales inversiones sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros sus lectores o espectadores podemos ser ficticios. En 1883 Carlyle observó que la historia universal es un infinito libro sagrado que todos los hombres escriben y leen y tratan de entender, y en el que también los escriben.

Jorge Luis Borges


(Tomado de: Otras inquisiciones, Madrid, Alianza, 1976, pag. 55.)